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A pesar de no ser una guerra de conquista y de anexión de territorio, el enfrenamiento bélico como tal también existía en el mundo ibérico. Consecuencia de ello son las numerosas armas que se encuentran en contextos arqueológicos ibéricos, así como también las representaciones que la propia sociedad ibérica hace de ellas en distintas técnicas artísticas como la escultura o la numismática. Es por ello, que con esta pequeña introducción a esta temática, lo que pretendemos es acercar al lector, al menos de forma básica, a la propia composición de la panoplia ibérica, es decir, todos los tipos de armamento que portaría el guerrero ibero. Ante todo debemos de tener en cuenta que no podemos hablar de panoplia ibérica sino de panoplias ibéricas. Esto se debe principalmente a que la cultura, comúnmente denominada ibérica, no es un elemento monolítico, ni espacial ni cronológicamente, de tal forma que se pueden observar diferencias sustanciales entre lo que portaba un ibero de la zona de la actual Cataluña en el S. V a. C. y lo que en ese mismo momento armaría a otro guerrero ibero de la Bastetania. Aún con todo, intentaremos dar una visión general de la panoplia de los pueblos prerromanos del litoral mediterráneo de la Península Ibérica. Algunas fuentes clásicas nos hablan de la composición del armamento ibérico, así como la iconografía de la época, pero la principal fuente de documentación con la que contamos son los registros arqueológicos, es decir, las armas que se han encontrado in situ en una excavación. En la mayoría de los casos, éstas se encuentran en bastante mal estado, por lo que necesitan una rápida restauración, debido principalmente al tiempo que ha transcurrido desde su abandono hasta su nuevo descubrimiento. Pero además, para añadir aún más dificultad, los restos de armas iberas se suelen encontrar en contextos de necrópolis, donde antes de ser depositadas han sido inutilizadas, quemándose y/o quebrándose simplemente. Dentro del armamento ibérico tendremos que hacer una clara distinción entre el armamento por excelencia, el ofensivo, y el defensivo, comúnmente olvidado en la mayoría de introducciones que se hacen al respecto. El arma ibera por antonomasia es la falcata, cuyos primeros ejemplares fueron encontrados ya en el S. XIX en el yacimiento arqueológico de Almedinilla, Córdoba, por Luis Maraver. Espada curva, de empuñadura cerrada, suele presentar decoración tanto en la hoja con acanaladuras como en la empuñadura donde presenta motivos decorativos como aves o caballos esencialmente, y algunas, las más ricas, incisiones rellenas de plata. Otra de las razones por la que es considerada el arma ibera por excelencia es por la cantidad de falcatas que han aparecido en comparación con otro tipo de espadas rectas en lo que comúnmente se reconoce como zona de influencia ibérica. Los primeros ejemplares aparecen a principios del S. V a. C. Su área de origen es el sudeste peninsular, desde donde se expandirá. Es por ello por lo que la mayoría de falcatas encontradas aparecen en esta zona, datándose el resto de las encontradas en época posterior, como las falcatas del Bajo Guadalquivir, la antigua Turdetania, lugar donde la cronología es mucho más tardía, pudiendo persistir aproximadamente hasta el S. I d. C., casi un siglo después de su desaparición en las zonas donde nació. Pero, como se ha dicho en las líneas anteriores, otros tipos de espadas eran utilizadas por los iberos. Es el caso de espadas como la de frontón, de hoja recta, con un posible origen oriental, que no ha sido muy estudiada hasta la actualidad. Normalmente se documentan en contextos antiguos en las zonas del sudeste o de la meseta, desapareciendo de la panoplia ibérica entorno al S. IV a. C., cuando es sustituida desde entonces por un puñal de idéntica forma, pero de menores dimensiones. Al igual que esta última, muchas de las espadas utilizadas por los iberos se reproducen a escala más pequeña, siendo denominas por su tamaño. Es por ello por lo que tenemos numerosos tipos de puñales que servirían fundamentalmente como elemento de prestigio más que como arma de guerra. Puñales como los de antenas atrofiadas, íntimamente unidos con las espadas del mismo nombre que, con clara influencia del hierro europeo, penetran a través de los Pirineos, siendo más significativa su presencia en el norte de la Península Ibérica. Otro tipo de espada que también llega del medio día francés son las denominadas de tipo La Tène, de hoja recta, siendo el posible antecesor del famoso gladius romano. Pero a diferencia de lo que se suele pensar, las armas más utilizadas en este periodo en la Península son las de asta, lanzas, soliferrea y pila. Este tipo de armas eran utilizadas tanto en combate cuerpo a cuerpo como para su ocasional lanzamiento. La primera de estas tendría un asta de unos dos metros de altura aproximadamente, cambiando su moharra o punta metálica, tanto en estructura como en dimensiones a lo largo del tiempo, advirtiéndose cómo se acortan paulatinamente. Si en principio sus dimensiones eran de unos 40 centímetros, con el paso del tiempo llegaran a alcanzar tan solo 20 centímetros. Las dos siguientes armas son de influencia claramente itálicas, llegando a la Península Ibérica desde tierras de influencia gala en torno al S. VI a. C. El soliferrum, un arma que está presente por ejemplo en la tumba donde se encontró la Dama de Baza, fabricada completamente en hierro, llegaba a alcanzar los casi dos metros de altura en la mayoría de las ocasiones. El pilum o falarica, como lo denominan algunos autores, también será utilizado en la Península, pero con una menor participación que los anteriores. Arma de origen etrusco, su principal funcionalidad era la de ser arrojada como lanza pesada compuesta de una punta de metal larga con un asta de madera. Pero su estructura no le imposibilitaba ser empuñada en un combate cuerpo a cuerpo, como demuestran algunos comentarios de autores clásicos cuando este arma formaba parte de la panoplia de los legionarios romanos. Respecto a las armas de propulsión como arcos y hondas, no se tiene constancia de que en el mundo ibérico se utilizaran, a pesar de que fueran conocidas. Es por ello por lo que no se encuentran restos de este tipo de materiales. Es probable que una fuerte carga ideológica por parte de la sociedad impidiera utilizar este tipo de armas en la guerra, por ser unas armas innobles para la mentalidad ibérica. Pasando a las armas de tipo defensivo, podemos hacer una división entre las pasivas como casco, grebas y coraza, y el escudo o caetra. El escudo utilizado por los iberos, denominado caetra, era circular y sus medidas podían ser o de alrededor de los 47 centímetros o de 64 centímetros los más grandes. Tan solo se suelen conservar restos de su empuñadura, ya que los materiales con los que se hacían, cuero endurecido por ejemplo, no se conservan durante mucho tiempo, al ser perecederos. El mismo problema presentan para su estudio los materiales que componen los elementos defensivos pasivos de la panoplia. Grebas, cascos y corazas podían ser realizadas tanto en metal como en materiales perecederos como el cuero nuevamente. En muchas ocasiones estos elementos estaban compuestos de ambos materiales, disminuyendo así su coste, pero manteniendo aún parte de su seguridad para la defensa del guerrero. Será a partir del S. III y II a. C. cuando el armamento defensivo ibérico empiece a cambiar con la llegada de cartagineses primero y romanos después, importándose nuevos tipo de armas defensivas como el casco de tipo Montefortino, o el escudo ovalado con umbo metálico, similar al utilizado por los legionarios de época republicana. Será también en este momento cuando se produce una mayor difusión de armas entre los pueblos iberos; no solamente las llegadas desde fuera de la península, sino también las utilizadas en otros territorios peninsulares cercanos o propios al mundo ibérico. Todo ello sucede por el constante intercambio de personas, y consiguientemente de ideas, que acontece en esos momentos en la Península Ibérica, primero por el enfrentamiento romano-cartaginés, y posteriormente debido a la conquista de Hispania por parte de los romanos. Guerras, desplazamientos de gentes, alianzas y mercenariado son los principales causantes por tanto de la difusión de la panoplia y su posterior desaparición tras la conquista de Roma. Por Juan Carmona García |